El Papa: el amor de Dios no se gana, se recibe
En el VI Domingo de Pascua, el Papa León XIV dirigió el rezo del Regina Caeli desde el Vaticano y centró su reflexión en uno de los momentos más solemnes del Evangelio: la Última Cena, cuando Jesús transforma el pan y el vino en signo vivo de su amor y declara a sus discípulos que quienes lo aman cumplirán sus mandamientos. A partir de esta afirmación, el Pontífice advirtió a los fieles sobre un malentendido muy común en la vida cristiana: creer que el amor de Dios depende de nuestras acciones, de nuestra obediencia o de nuestra perfección moral. Esta confusión, señaló León XIV, invierte el orden real de la fe y convierte la relación con Dios en una transacción, cuando en realidad es una donación gratuita e incondicional que precede cualquier mérito humano.
El Papa fue enfático al aclarar que los mandamientos no son una condición para recibir el amor divino, sino la consecuencia natural de reconocerse amado por Dios. "El amor de Dios es la condición para nuestra justicia", explicó el Pontífice, subrayando que solo quien parte de esa certeza puede mirar los mandamientos con los ojos correctos, es decir, como caminos de vida y no como cargas impuestas. Esta distinción teológica resulta fundamental para entender la espiritualidad cristiana en su sentido más profundo, alejándola de cualquier visión legalista o moralista que reduzca la fe a un sistema de recompensas y castigos entre el ser humano y su Creador.
Durante su catequesis, León XIV describió el amor de Jesucristo como un amor sin reservas, sin condiciones ni ambigüedades: "aquel que no conoce el 'pero' ni el 'quizá', que se entrega sin pretender poseer, y que da vida sin pedir nada a cambio". El Papa insistió en que las palabras de Jesús son una invitación a la relación y no un chantaje, y que es precisamente ese amor el que hace posible que los creyentes se amen entre sí. Usó una imagen sencilla pero poderosa para ilustrarlo: así como solo quien ha recibido la vida puede vivir, solo quien ha sido amado verdaderamente puede amar a los demás. Cristo, afirmó, es el criterio y la regla del amor auténtico.
El Santo Padre también recordó la promesa del Espíritu Santo como don inseparable del amor de Dios. Dios no deja solo al ser humano en las pruebas de la vida, sino que le envía al Paráclito, el Espíritu de la Verdad, como aliado permanente. Este don, advirtió el Papa, no puede ser recibido por quienes persisten en el mal que oprime al pobre, excluye al débil y mata al inocente. En cambio, quienes corresponden al amor de Jesús encuentran en el Espíritu Santo un sostén que nunca falla. León XIV concluyó recordando que el cristiano está llamado a ser testigo constante de ese amor en todo momento y lugar, porque la Palabra de Dios no es una idea humana, sino la realidad misma de la vida divina por la que todas las cosas fueron creadas y redimidas.



